Síndrome de pequeñeza

Podría excusarme diciendo que no había tenido buenos motivos para revivir este blog hasta hoy, pero probablemente sería mentira.

Hay mucho de lo que podría hablar pero nada que me gustaría lo suficiente para ser leído bajo mi nombre. Tengo la mala costumbre (aún después de charlas incentivando a la gente a hacer lo contrario, de esconder mis malos momentos) y este año se ha sentido como un mal momento de meses de largo. Pero hoy mientras me negaba a salir de la cama me encontré con el artículo del gran Pancho (“En casa de herrero”, jovial y recomendado) y me di cuenta que un poco de apertura me haría bien y quizás también le serviría a otros.

Desde el cierre de Kaitek que vengo lidiando con un problema de ego. Que no se malentienda: ya tenía problemas de ego de antes, estilo delirio de grandeza, en general manejado dentro de un cierto límite pero igual haciendo mella. Lo que pasa es que ahora tengo el problema inverso: delirio de pequeñeza, si me disculpa la RAE. Porque el tema cuando uno construye un start up y le da todo y lo peor, la gente responde ante eso, uno comienza a construirse a sí mismo a partir del start up. Por casi cinco años no fui Emilia. Fui la chica Kaitek, la chica marea roja, la emprendedora esa que viaja, la que anda por ahí en concursos y dando charlas. En enero cerré Kaitek y pasé a ser la mamá de una guagua muerta, y duró un par de meses, y seguí haciendo charlas pero ahora en Fuck up nights y Experiencia del fracaso y ese tipo de cosas.

Pero han pasado varios meses desde el entierro y me di cuenta hace poco que lo de chica Kaitek ya fue. Ahora soy Emilia. Y no sé muy bien quién es, pero algo me pesa: es, en mi cabeza, mucho menos que la Emilia de Kaitek.

Llevo meses sintiéndome poca cosa. Incluso con cosas hermosas, espectaculares, inesperadas que han pasado este año: cada vez que me despierto no para ir a mi laboratorio, sino para ir a clases, me empequeñezco más ante mí. Cuando trabajo en los proyectos de otras personas y no el mío, me siento menos. Cuando estoy de público en una charla y no es la mía, porque cachen el nivel de problema que tengo.

El luto ya estaba hecho, pero nada sabía yo de la reconstrucción que venía después. Me sale muy fácil entrar en ese círculo vicioso y seguir echándome para abajo, abajo, abajo. Es más fácil aceptar que uno la embarra y se equivoca si es tonto, poca cosa, mala persona.

Pero aparentemente soy de las pocas personas que me encuentran idiota (shoutout a mis haters de la época Kaitek, what’s good). Eso me dicen los correos y llamadas que me siguen llegando para mentorear startups, para opinar sobre inversiones, para crear nuevos proyectos, para contratarme, para ofrecerme apoyo en nuevas ideas. Y por idiota que suena, me cuesta ver eso, y me lo cuestiono en seguida: que no me lo merezco, que hay motivos subyacentes, que no es por lo que yo sepa o pueda ser o sea.

Pero lo que sí me convence, lo que me llega como el opuesto exacto de una patada en la guata, es cuando me encuentro con gente como Viviana y Nicolás.

Los dos aparecieron en días malos, porque a la vida le gusta ser fantástica a veces. Viviana me taggeó en Instagram en un dibujo adorable y un contexto que me sacó lágrimas: una serie de ilustraciones de mujeres inspiradoras que hizo el mes pasado. Semanas después se me acercó saliendo de una prueba, porque hola, vida extraña: resulta que somos compañeras. Nicolás se me acercó hoy en el metro, en una de esas situaciones extravagantes que a uno lo hacen sentir inquietantemente famosillo. Me contó de sus planes para seguir estudiando y de cómo quiere enfocarse en áreas aplicadas y crear productos que cambien vidas. Que leer sobre mi historia lo había inspirado a seguir adelante con sus ideas.

Ha habido otra gente como Viviana y Nicolás, pero algo sobre ellos en particular me dejó marcando ocupado. Fueron de los pocos que se acercaron muchos, muchos meses después del cierre de Kaitek. Los que me preguntaron por mí. Los que me hablaron de cómo los inspiró mi historia completa, no solo el antes sino también el después, el después que sigue avanzando y en el que yo tenía tan poca confianza.

Escribo esto para ellos. Para la gente que en algún momento se sintió identificada, inspirada, conectada conmigo, y que usó mi historia para apoyarse y permitirse soñar un poco más. Sigo aquí, estoy mejorando. Ha sido dura la cosa, pero vamos avanzando. Espero que ustedes estén bien también, que sigan adelante con sus planes y se permitan cambiar, evolucionar, disfrutar.

Escribo esto para mí. Para recordarme que volver a estudiar es un privilegio, que aún me quedan neuronas para aprender y que aún me la puedo con esas integrales horribles que me mataban hace años (proba what’s good). Que sigo creciendo; que Kaitek fue parte de mí, una parte hermosa que seguirá conmigo siempre, pero que no fue mi peak y que no es todo lo que tengo para dar.

Y sobre todo, y acá me cuelgo de Pancho, para recalcar que en esa gente muy compuesta que ven en videos ganando competencias están las mismas dudas (quizás multiplicadas, quizás más idiotas) que tienen ustedes que están leyendo. Los emprendedores somos bastante desastrosos por dentro, y a veces hace falta recordarlo para no entrar en el juego de “ellos son distintos porque la tienen toda clara.”

Recuerden que nadie sabe nada. Vamos todos inventando a medida que avanzamos. Algunos nos atolondramos nada más, y entre tropezón y tropezón pareciera que vamos más rápido. Implica más porrazo eso sí. Para que lo tengan claro.

1 Comment

  1. Grande Emilia! En el camino hay fracasos pero pocos te cuentan su historia como tú! Te apuesto que de allbiotech tienes otros 200 seguidores maravillados por todo lo que has logrado! Un abrazo

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